"Mirar la casa", texto para el catálogo Torpe Penumbra Techo de Mercedes Mangrané.



“[…] y he aquí al hombre alojado”.
Marc-Antoine Laugier

Mirar la casa, mitigar el espacio, tomar consciencia de la estructura que nos sostiene, que nos protege y que es necesario aliviar, porque hay que aliviar el espacio cotidiano, conocerlo, verlo y escucharlo.

La portada de la segunda edición de Essai sur l’Architecture (1755) de Marc Antoine-Laugier contenía un grabado de Charles-Dominique-Joseph Eisen. Se trata de una alegoría de la cabaña primitiva de Vitruvio en el que una mujer que personifica la Arquitectura le señala a un niño angelical la cabaña primitiva: unos árboles cuyos troncos funcionan como columnas y, las ramas y hojas, como techo. Una tiene una casa cuando puede desalojar el agua de la lluvia, medir la luz que deja entrar en el interior y acoger un fuego alrededor del cual poder reunirse. “[…] y se encontrará seguro” escribía Laugier para concluir el párrafo en el que describía los elementos fundamentales que debe de tener la casa.

Mercedes Mangrané pinta estancias tanto en Torpe como en Penumbra y Techo. A veces incidiendo en los elementos estructurales: columnas y vigas que en ocasiones es necesario aplacar, proteger la agresividad de sus esquinas. No lo olvidemos, hablamos de lugares en los que sentirse seguro, en los que sentirse protegido. Estos elementos estructurales son los que permiten la existencia de habitaciones: las que aparecen en Penumbra: habitación, dormitorio, estudio. Tiene sentido, claro, que la palabra cobijo venga de cubiculum, dormitorio, y que una de sus definiciones sea justamente “amparo, protección”. Los espacios pintados nos hablan de la importancia de tener un lugar para el descanso, tan sólo posible si toda amenaza queda extramuros, y también para el estudio, la inspiración y la concentración.

Resulta oportuno que tanto en Techo como en Penumbra la pintura tome cuerpo, sobresalga más allá del plano del lienzo. Los espacios están verdaderamente construidos a través de la pintura y, así, los techos, colgados de la pared, se convierten en techos, en vigas, en estructuras que se ‘confunden’ con la arquitectura real y que amplían el espacio donde se ubican.

He tenido la suerte de conocer la pintura de Mercedes Mangrané desde hace ya unos años. Recuerdo una pequeña colección de lienzos en los que cada uno de ellos albergaba la representación de una instalación arquitectónica aislada en un paisaje natural que la propia arquitectura rompía. Ya en esa ocasión detuvo su atención para explicarnos una misma cosa repetidas veces. Su pintura es una pintura pequeña, por la escala –una apuesta firme– y por los temas –trivialidad aparente–. Quizás eso sea, justo, lo que más me llama la atención. Desde el principio. La capacidad de detenerse ante un detalle, de repetirlo, una y otra vez, creando variaciones para más tarde seleccionar –descartando– aquellas más cercanas a lo que ella quiere contar. Porque mirar pintura es, en definitiva, tratar de descifrar un mensaje y, en estos momentos de simultaneidad tecnológica, de híper-estímulo visual y capitalismo, agradezco enormemente que se me conceda esta oportunidad de detenerme en un pequeño detalle capaz de estimular un pensamiento o una sensación innegable que, en estos momentos de inmediatez, muy a menudo echo de menos.

Me aventuro a pensar en estas repeticiones casi como un ejercicio performático, más que de observación con cierta vocación científica o de análisis. Es la repetición, el énfasis –el enamoramiento, por qué no–, lo que convierte a la viga en viga, a la estancia en estancia, lo que mitiga el espacio, lo suaviza y permite reconocer que, aunque camuflado en la cotidianeidad, resulta ser algo de vital importancia.